por Beatriz Zamora
La obra maestra de Frida Kahlo no tiene precedentes en la historia del arte porque sus cuadros exaltan las cualidades femeninas de la verdad, la realidad, la crueldad y el sufrimiento que hasta entonces no habían sido manifestadas. Ninguna mujer plasmó antes en imágenes la misma poesía agónica que Frida.
Frida sólo pudo exponer tres veces su obra: En Nueva York, en 1938; en París, en 1939; y en su natal y amado México, en 1953. En la imagen, Autorretrato con changuitos (1943). (Foto, cortesía de María Cristina Orive).
 |
Magdalena Carmen Frieda Kahlo y Calderón nació el 6 de julio de 1907 en Coayacán, México. Su calvario físico inició cuando tenía seis años y fue víctima de poliomielitis; a los 18 años sufrió un accidente mortal que la marcaría para siempre: el autobús en que viajaba colisionó con un tranvía que provocó la muerte de varios pasajeros y para Frida un resultado devastador: fractura de la tercera y cuarta vértebras lumbares, tres fracturas de la pelvis, once fracturas en el pie derecho, luxación del codo izquierdo y una herida profunda en el abdomen producida por el pasamanos que entró por la cadera izquierda y salió por el sexo. Con este inventario desastroso valdría la pena citar que a lo largo de su vida la artista utilizó 28 corsés entre los que contaba uno de acero y tres de cuero, y soportó 32 operaciones.
Tres años después de aquel devastador accidente y parcialmente recuperada, Frida conoció al ya famoso maestro Diego Rivera. Pronto se casaron, ella de 22 y él de 42, y aunque tuvieron una infinidad de problemas que hicieron sumar al dolor físico el dolor espiritual de la artista, nunca se separaron del todo.
La dualidad es parte intrínseca en su obra, así lo muestra “Las dos Fridas”, ambas unidas por una misma circulación de sangre; la violencia más explícita en “Unos cuantos piquetitos” donde la sangre brota hasta fuera del marco; la frustración de no poder ser madre en “La cama volando”; y el dolor y sufrimiento físico que la acompañó siempre con pinturas como “La columna rota” y “Árbol de la esperanza mantente firme”.
Aunque muchos la catalogaron como surrealista, Frida nunca pintó sueños, solamente realidades, se alejó valientemente del sufrimiento y del dolor utilizando el humor como antídoto. Sus autorretratos muestran una Frida con una dignidad real como una manera de darse poder creando una imagen más fuerte de ella misma.
Frida ya era una artista reconocida el año en que murió, 1954. Para entonces, su cuerpo ya no respondía, le habían amputado parte de la pierna izquierda debido a una gangrena y los dolores de espalda terminaron por desintegrarla. En su diario describe la agonía de los últimos meses donde ya las fuerzas se habían agotado: “Espero que la salida sea afortunada y espero no volver jamás”. •