por Beatriz Zamora
La felicidad no se cuenta por instantes,
sino la conciencia repentina de que
la dicha habita en nosotros.
—Marguerite Yourcenar
Todo pareciera repetirse; hasta este instante en el que quisiera hacer mía esta época. Sin embargo, se me escapa como pez entre mis manos, como el invierno o la risa o el llanto. Es esta la época de las prisas y las listas, de la nostalgia, de los recuerdos. Una época que, con mayor razón, podría servirnos de excusa para meditar y preguntarnos qué hemos logrado hasta ahora y hacia dónde vamos.
A lo mejor sería bueno olvidarnos de las típicas resoluciones de fin de año para cuestionarnos qué nos hace falta por alcanzar, a quiénes les debemos amor, tiempo y abrazos; quizá nos demos cuenta que eso nos define, que eso nos hace más humanos. Sería necesario saber que a veces evadimos ser heridos levantando muros, y quien levanta muros se queda solo; que podríamos perdonar y perdonarnos, y así cerrar las heridas que nos marchitan dentro; que en lugar de desear posesiones deberíamos anhelar el equilibrio; sin ser tibio, ni gris, ni insípido. Que al comprender lo vacío, lograríamos llenar lo que deseemos; que el miedo a sufrir es peor que el propio sufrimiento; que cuestionarse las creencias, los tabúes y los dogmas nos ayudaría a romper con el prejuicio, el miedo y la culpa; que para sentir la vida debemos sentirla con el cuerpo y con la mente, sin reservas, sin condiciones; que para todo hay un tiempo, que sólo debemos buscarlo y desearlo; que al volver atrás también podríamos avanzar; que negar palabras implica abrir distancias; que es necesario botar lastre, aligerar la nave, cerrar los ciclos…
A lo mejor rompo con la inercia de la época si logro ver la vida como un largo viaje en el que a fin de cuentas lo valioso es el camino, no el destino final. Quizá logre hacerme consciente de que la dicha habita en mí y en ti; en todos nosotros.•