por Guillermo Monsanto
La ciudad de Esquipulas guarda uno de los más significativos tesoros de los católicos del área Centroamericana, el Caribe y Guatemala: El Cristo Negro. Distintos historiadores, basados en diversidad de fuentes indígenas, han traducido el nombre de la localidad de muchos modos. Uno de ellos es “paraje donde abundan las flores”.
La expectación mística que la imagen mantiene en los devotos, de aquella región, le ha brindado una riqueza cultural que se traduce de múltiples modos. Es así como hospedajes y atractivos turísticos variados, les otorga una cálida recepción a los visitantes que se abastecen además en los ricos mercados del área. No en balde aquella es la segunda ruta americana de peregrinaje después de la Basílica de Guadalupe.
El autor de la representación del Jesús crucificado fue el artista Quirio Cataño quien, a finales del siglo XVI, radicaba en Santiago de los Caballeros de Guatemala. Su paso por el antiguo reino puede rastrearse desde el año de 1580, cuando contrae nupcias con Catarina de Mazariegos. No se sabe a ciencia cierta su nacionalidad, ni fecha de nacimiento, pero sí que fue pintor, dorador y platero (Heinrich Berlin). Murió el 20 de agosto de 1622.
La talla le fue encargada y pagada por intermedio del eclesiástico Cristóbal de Morales, con los fondos de las cosechas algodoneras, a finales de 1594. El 4 de octubre de aquel año entregó Cataño la pieza a una comisión especial que la llevó en procesión desde La Antigua a una ermita donde se exhibió por muchos años. La comitiva, con el tesoro espiritual que portaba, fue memorable y galardonada con honores especiales por donde pasó. El cortejo arribó el 9 de marzo de 1595, cinco meses después de su salida del taller de escultura. La actual Basílica, con características barrocas, se bendijo en enero de 1759. •