por Beatriz Zamora
“En mi jardín pastan los héroes
se arrodilla la luna
se pisan las pelotas de Atalanta
se deja en huesos hondos a la estatua
se lava el cardo de pecados
se husmea el delirio del otoño.
En mi jardín pastan los héroes.
(Más orgullo. El turno del ofendido)”.
Llovía la noche en que me encontré a Roque Dalton bebiendo cerveza en un bar del centro de San Salvador. Me invitó a sentarme en su mesa e iniciamos una conversación que duró toda la noche. Así de simple, comenzamos hablando de nuestra patria, ese pedazo de tierra de donde ambos salimos exiliados en tiempos distintos.
Roque me contó algunas anécdotas de su vida, su compromiso con la literatura y la guerrilla, y su habitual estadía en las cárceles en las que permaneció aislado, torturado y condenado a muerte en varias ocasiones debido a su militancia política.
Hijo de padre anglosajón y madre salvadoreña, Roque nació el 14 de mayo de 1935. Estudió Derecho y Antropología en las universidades de El Salvador, Chile y México. Desde muy joven se dedicó al periodismo y a la literatura, lo que le hizo fundar, con otros poetas salvadoreños y centroamericanos, el Centro Literario Universitario. El poeta obtuvo diversos galardones en certámenes nacionales y centroamericanos, y tres veces consiguió ganar el Premio Centroamericano de poesía. A los 22 años se afilió al Partido Comunista, hecho que lo hizo ser perseguido y encarcelado. Emigró a Cuba, Guatemala, Checoslovaquia, México y otros países donde publicó sus obras La ventana en el rostro, El turno del ofendido, El mar y Los testimonios, entre ensayos, narrativa y poesía. En 1969 obtuvo el Premio Casa de las Américas de poesía con su ópera-rock Taberna y otros lugares, obra que escribió durante sus dos años de estancia en Praga.
Entre el ambiente dantesco que nos rodeaba, le pregunté qué hacía en El Salvador y me dijo que estaba de incógnito, observando nomás, verificando lo jodidos que aún seguíamos. Razón tenía Elena Poniatowska cuando dijo que Dalton sufría de amor por El Salvador, que se moría de frío por El Salvador y de rabia y de risa. Por eso, quizá, lo mataron sus propios camaradas (el mismo mes en que cumplía 40 años).
Cuando nos despedimos, ya a Alta hora de la noche, me susurró al oído: «No pronuncies mi nombre cuando sepas que he muerto/desde la oscura tierra vendría por tu voz./Cuando sepas que he muerto no pronuncies mi nombre.»
Este mes, ante el 30º aniversario de su muerte, pienso en Roque Dalton, el poeta, no en el mito ni la leyenda. Y sin pronunciar su nombre evoco su recuerdo, y lo releo para no perder el hilo de su poesía, desyerbando su abundante y levemente umbroso jardín donde pastaban los héroes y se arrodillaba la luna.. •
Autocaricatura de Roque (del libro Roque Dalton: el turno del poeta de Javier Alas)
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